LA LLUVIA AMARILLA, de Julio Llamazares

Moises de las Heras

09/07/2016

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lluviaamarilla1Es complicado leerse La lluvia amarilla en un tiempo en que no sea invierno y con bastante frío; intentarlo en otra fecha es una temeridad, porque lo que pretende a la postre La lluvia amarilla, desde un punto de vista formal, es una ambientación trágica, completa, profunda, de un pueblo nevado y desolado del norte montañoso de España. Esto en el sentido formal, porque en el sentido más profundo la obra es un poema en prosa que intenta transmitir la desolación del alma humana ante el hecho inevitable de la muerte vivida en soledad y sin contar con el acogimiento consolador de la fe. Esa muerte trae consigo la pérdida de la vida pero de una vida vivida en soledad, una vida sin consuelo social, destinada al olvido, al fracaso completo. El hombre muere sin dejar rastro, sin dejar nada tras de sí y esto devenga un profundo dolor que el protagonista vive a los umbrales de la suya.

La desaparición del pueblo de Anielle es el alter ego del
alma descarnada, sin fe, sin esperanza, derrotada. El autor es deudor de todas estas corrientes nihilistas y existenciales que afectan a la literatura europea en los años sesenta y desde ahí aborda una historia sentida, conmovida y conmovedora, escrita desde una poesía sencilla, sin grandes alharacas metafóricas ni elevados juegos verbales.

Se detecta, sin embargo, desde un primer momento, el intento de Llamazares por transmitir con total sinceridad su ideología. Sí, porque su sentimiento, el sentimiento de desolación pudiéramos decir que se convierte, poco más o menos, en ideología cuando se erige – y así lo percibe el lector – en un conjunto de pensamientos, convicciones y revelaciones absolutamente sinceras del alma, que el autor intenta transmitir con la mayor vehemencia posible. La vehemencia suave del poeta por querer que el lector capte exactamente el dolor del alma de su personaje y del pueblo. Ello se advierte en la constante repetición de hechos y de sentimientos.

lluviaamarilla2Cuando uno se encuentra leyendo algún capítulo, sobre todo de la mitad hacia el final, detecta que en realidad Llamazares tiene cierto miedo atroz a no dejar claro el fondo de su alma. La forma está puesta por completo al servicio del mensaje, al servicio del fondo.
Julio Llamazares escribe su libro porque necesita contar esta desolación, hacerse eco de ella y eso se advierte en la textura de sus palabras, en una prosa detallista puesta al servicio de este fin emocional, el drama interior ante el hecho de la extinción total tanto del pueblo como del personaje. No se vale para ello de grandes alardes sino de precisiones casi milimétricas de tal desazón moral y paisajística.

Es un acertado mecanismo el que maneja. Desde un primer momento, sabemos o intuimos que un paisaje interior y exterior de destrucción va a ser el tema fundamental. Este fin último, es el único argumento real de la novela.

Llamazares no se deja llevar por la contemplación descriptiva. Construye una galería de personajes con olor a tierra vieja, a invierno y a pared ruinosa. Personajes que han vivido vidas simples, desgraciadas o insignificantes, rurales y bastas, sacrificadas y desoladas que se moldean como barro y van dando forma al todo.

El pueblo frío es el único protagonista, vivificado por historias sencillas y pequeñas, reflejo de la vida antigua, una serie de anécdotas entretenidas, brillantes en su sencillez, siempre focalizadas desde la desolación. Historias de apenas folio y medio al servicio de la intención última.

lluviaamarilla3juliollamazaresEs en la segunda mitad donde Llamazares prescinde algo más de la anécdota y da rienda suelta, definitivamente, a su intento de convicción del lector acerca del modo y manera en que siente su desolación. Una desolación que es alegoría de la España de postguerra que ha causado devastación también en el ánimo del ser humano más sensible y quebrado, aplastado por la dictadura: el hombre sencillo.

Hoy la novela -como tantas otras del género antifranquista- se lee con el regusto viejo de la narrativa clásica, -sobre todo por parte de los que no sufrimos esa dictadura-. El casi febril ansia política, casi mitinesca, de convencernos, ya va poco a poco percibiéndose como aquellos alegatos de los episodios nacionales galdosianos, preocupaciones trasnochadas, cada vez más integradas en el bajorrelieve global de un todo histórico.

La intención de Llamazares por transmitir su dolor no es, en este caso, social, política, sino más bien individual; casi podríamos decir que el lector se ve claramente aludido y señalado por la historia. Consigue, sin duda alguna, que percibamos una imagen exacta de su interior y que nos sintamos como él: el pesonaje nos llega, lo asumimos y por ello lo disfrutamos.

Otro tipo de escritores – tal vez más púdicos – no consideran la novela como una oportunidad para contar sentimientos descarnados, para aliarse con descaro con el alma universal que a todos nos compete. Otros dejan que dicho manantial fluya por sí sólo, sin encauzarlo demasiado. Llamazares, por el contrario, lo encauza intencionadamente, nos dirige, nos obliga, tiene un objetivo sentimental mucho más determinante y no permite en su obra ni siquiera que el lector forme una opinión personal o una imagen privada. No sugiere, muestra. Llamazares obliga a ver exactamente lo que dibuja, el dibujo que traza, sin permitir otra posibilidad. Esto puede que a algún lector le moleste y le invite a rechazar esta obligatoriedad y, sin embargo, logra llevarnos al lugar exacto que pretende con fascinación y eficacia. Resulta admirable cómo va componiendo, a través de la palabra, su dibujo hiperrealista.
lluviaamarilla4vegamianSin duda Llamazares se ve influido por sus orígenes en un pueblo desaparecido, Vegamián, que fue engullido bajo uno de aquellos numerosos pantanos del plan de desarrollo franquista y de ahí la queja personal, amarga, contra el régimen, aparte de la queja ideológica subyacente.

Pero, del mismo modo, Llamazares se ve seducido por cierto clasicismo formal, tal vez por poemas homéricos o similares donde la cadencia del silabeo ayuda y contribuye a dar un carácter trovadoresco al sentimiento universal de la muerte y la extinción, el devenir vital y la condenación de todo individuo a desaparecer por completo de este mundo y a no prevalecer ni siquiera en el recuerdo de los hombres. Este sentimiento, en la literatura tantas veces tratado, en tiempos griegos se adornaba con la sonoridad del dáctilos y espondeos.

Llamazares opta por un sutil pero detectable modelo rítmico que se apoya principalmente en el alejandrino, con cortes hemisticales en séptima alternando con verso corto de cuatro o cinco sílabas, aunque sin ser demasiado estricto, en una prosa cadenciosa, silabeada. Dicha cadencia resulta a veces molesta, exhaustiviza una frases que hubieran quedado mejor presentada de modo más simple.

Por otro lado, el aire de desolación de un pueblo hubiera tenido mejor apoyatura en una fraseología menos ordenada, dándole la sequedad necesaria y, sin embargo, Llamazares prefiere este tono épico. Intenta, a través de estas sonoridades, poner ante los ojos del espectador un paisaje roto y una poética bella. Tal vez ello sea debido a que en el fondo Julio Llamazares entiende el sentimiento final como algo más trascendente, más completo y menos desarraigado a cómo lo pudiera entender un Jean Paul Sartre o un Albert Camus, en un existencialismo que no por agnóstico se encuentra desamparado pues cuenta con un ser interiormente modelado, con alma enigmática, con belleza profunda. (Habría que acudir a las fuentes originales (al idioma francés) para comprobar, por ejemplo, que la cadencia de El Extranjero, de Camus, leído en su idioma madre es muy jugosa y llamativa, cargada de mayor ritmo y la musicalidad que en su traducción castellana. Esto nos haría pensar que el existencialismo, tanto de Llamazares como de Albert Camus, al menos podría tener las mismas cualidades, una esencia no tan desarraigada, no tan desalmada. No sé francés y sólo puedo especular con esta posibilidad. Así, podríamos definir el existencialismo de Camus y Llamazares como un existencialismo vivo, que suple su falta de fe religiosa o social o política o de cualquier otro tipo con una entrega formal al hecho estético. El hecho literario sería un refugio estético y sentimental que supliría las funciones encomendadas a la moral o a la fe.
lluviaamarilla5vegamian2El monólogo interior tiene aires culturalistas, en la estética clásica halla su sentido la vida humana y su extinción irremisible. Es decir, la vida tiene sentido en tanto existe un modo clásico de describirla, una estética cultural que nos hace eternos en la belleza, y así nos une al todo universal estético de lo humano. La vida humana solo encuentra su sentido en el aire trágico común.

Los capítulos finales, donde el realismo es más brutal y sin sentido, encuentra su último sentido épico valiéndose de ese ritornello a los orígenes de la literatura griega.

En resumen y para terminar, el libro de Llamazares es un goce para las almas sensibles que, despreciando el nuevo psicologismo optimista y aburguesado del XXI y el vano alarde de madurez y equilibrio de hombres falsamente demócratas, libres y equilibrados que sólo buscan la felicidad personal, aún consideran lícito y de ningún modo vergonzoso airear la bandera de la desorganización mental y sentimental a la vista de los otros.

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