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La gente se pregunta por qué nos polarizamos. Y también se pregunta (tal vez) cuáles son las señales que revelan dicha polarización. Pero pocas veces se preguntan por los resortes que nos han llevado a esta polarización. Rectificó: no me refiero a los resortes políticos y sociales, sino a los resortes neurológicos o psicológicos que saltan en nuestro cerebro. ¿Qué nos subyuga? ¿Qué nos indigna pero es personal? ¿Qué se produce en nuestra cabeza cuando nos polarizamos?
ENFRENTAMIENTO PERSONAL.
Prevalecen dos cuestiones. La primera de ellas y más importante es la humillación que sentimos al ver que otro nos gana. En cualquier materia, tener que agachar las orejas ante el otro y su visión del mundo es insufrible. Cuando deberíamos admitir que su argumento tiene más fuerza, es más correcto y aceptarlo, porque nos ha vencido. Pero no es solo “una opinión” sin más lo que se nos lanza. Si fuera sólo eso, habría oportunidad de discutir y debatir en igualdad de condiciones. Esa opinión es un arma. Un arma que se lucha en una guerra, Esa opinión implica una comparación, nos afecta personalmente, nos engloba a nosotros y a nuestra posición respecto al “otro”. Es una energía superior que desarrollan los contrarios oponiéndose a nuestra energía inferior.
DIÁLOGO NOBLE O IRRITACIÓN.
Hay dos maneras de opinar: aportando argumentos que avalen nuestra teoría o haciendo uso de una violencia dialéctica y agresiva. Debatir serenamente sacando a colación ideas que avalen nuestro punto de vista y refuercen nuestra opinión implica que sepamos discutir y exponer con claridad. Suponen inteligencia y perspicacia. Virtudes o habilidades que ha de ser superiores o, a lo menos, iguales que las del contrario con el que debatimos.
Según Schopenhauer, para que exista un dialogo, los dos intervinientes deben estar dispuestos a ceder ante argumentos fuertes. Pero para que esto sucede no solo es imprescindible el talante. Ambos deben estar en igualdad de condiciones y eso depende de la capacidad para argumentar de uno respecto al otro.
FALACIAS O ARGUMENTOS.
Prescindir de falacias, manipulaciones y silogismos es fundamental. Porque si se acude a falacias ya no importan los argumentos: importan las estrategias de oratoria que se empleen.
El problema es que si detectamos que el otro nos gana con falacias y manipulaciones nos sentimos más humillados aún, y eso nos indigna. Defender una idea y argumentar limpiamente es complejo. Puedes perder argumentando noblemente y, sin embargo, tener más razón. Puedes ganar con falacias y, sin embargo, carecer de razón.
La oratoria se especializa en ganar batallas, no en presentar argumentos. Un buen conversador, una persona óptima para el debate se confunde con una persona capaz de argumentar con astucia.
Son los astutos y no los inteligentes los que ganan los debates. Y cuando conversar se convierte en una batalla de falacias y falsos argumentos indetectables, uno se plantea si debatir vale la pena; si no será mejor arremeter con mentiras bien empaquetadas y con lacito para ganar.
TENGO RAZÓN, POR LO TANTO EMPLEO MALAS ARTES.
Generalmente, quien está convencido de una idea, suele acudir a la violencia y a la imposición, o bien a las malas artes sibilinas, pero no al diálogo. Porque uno se plantea que, para hacer prevalecer “mi verdad” es necesario emplear falacias y ocultar argumentos que nos ponen en evidencias. Decir medias verdades. En pro de que venza “la verdad”, (que es indefectiblemente “nuestra verdad”, ¡cómo no!), consideramos lícito emplear falacias y malas artes.
Cualquier persona sabe que un debate se tiene perdido si se enfrenta a un conversador más hábil y astuto. Y perder por oratoria cuando podrías haber ganado si fueras más hábil, a uno le indigna. Por lo tanto, el diálogo no es la solución. Porque no se quiere perder. Porque ¡tienes razón, coño! Porque eres dueño de “La Verdad”. Porque estás convencido.
Por eso, la violencia reina.
PERDER ARGUMENTANDO O GANAR MINTIENDO.
En un debate sereno puedes perder. No lo emprendes, por tanto. De inmediato, buscas radicalizar tu discurso y muñequizar al contrario y su opinión. Los otros son despreciables por pensar distinto. Los otros son aquellos que pudieran vencerte en un debate sereno. Y como no gana el que más argumentos nobles aporte sino el más hábil, te radicalizas. Así, al menos, el vocerío y el griterío disimula tus argumentos débiles. Que son débiles por no saber defenderlos con falacias, no porque no tengas razón o más argumentos. Pero todo depende de cómo lo sepas defender y ahí están las malas artes, para ayudarte. Porque sería penoso que prevaleciera lo que no es verdad solo porque tú no lo has sabido defender.
ARGUMENTAR, SER SOCARRÓN O GRITAR: LAS TRES FÓRMULAS PARA VENCER.
Como la prioridad es no ser humillado, y para no ser humillado necesitas vencer, te radicalizas. El otro se radicaliza a su vez, siguiendo el mismo proceso, y los dos a la postra os radicalizáis. Ambos teméis no tener habilidades de oratoria suficientes para imponeros en una discusión noble y serena. Ese es el miedo. El miedo a que no sean suficientes tus argumentos y que el otro te venza.
El miedo a que tampoco sean suficientes tus falacias dichas con serenidad, por tanto. Y como ni son suficientes los argumentos nobles para vencer, ni tampoco son suficientes tus falacias y astucias, dichas con ironía y con mala leche en una actitud socarrona pero serena, como no son eficaces ninguna de esas fórmulas, gritas.
Porque, llegado el caso, no sabes que humillación será peor, si aquella que te vence intelectualmente o la que te vence, llegado el caso, con gritos y violencia.
GRITAR OCULTA.
Si te pones a su altura te cerraras a todo argumento, pero al menos evitarás, en las formas, la humillación. Plantar cara, gritar, insultar al otro, polarizarse, en definitiva, es otra estrategia mediante la cual te pones a su altura. Es una estrategia formal, de apariencia, que ofrece una imagen de ti mismo fuerte y segura, aunque no tengas ni puta idea de lo que estás diciendo. Lo dices, pero lo dices con tal violencia que resultas creíble. Por eso, es más fácil y al cerebro tal vez le resulte más cómodo largar cuatro improperios y decir cinco brutalidades seguidas a tener que hacer el esfuerzo de razonar y tomar en consideración la opinión del otro.
UNA CUESTIÓN ANTROPOLÓGICA.
Porque no ser vencido es una necesidad antropológica. Se lucha por ser el líder de la tribu, pero también se lucha por no ser el descastado que al final será sacrificado en tiempo de crisis.
Algo que viene de muy atrás, de cuando vivíamos en cavernas. Y, por eso, no sólo se disputa el más alto puesto en la manada, el del “Macho Alfa”, sino se disputan puestos intermedios que garanticen no ser el último mono entre los prehistóricos.
Porque el último mono era el sacrificado en tiempos de crisis.Y su sacrificio dependerá de los valores establecidos como monos: ser buen cazador, no estar impedido ni lisiado, ser fuerte, manejar las armas con habilidad… por eso se le juzgará y se le sentenciará si no cumple. Y el lo sabe.
Cuando había necesidad, por escasez de alimentos o por el ataque de otra tribu, deshacerse de algún miembro inútil para cubrir las necesidades del grupo era fundamental. Se elegía al menos capacitado.
Aunque no seamos exactamente monos reaccionábamos así porque somos primos hermanos y de la misma especie de primates. Reaccionábamos igual… y seguimos reaccionando.
LA DIOSA RAZÓN, EL PODER DE LA TRIBU.
Y hoy tener razón, ser el que mejor argumenta, el más inteligente y demostrarlo ganando los debates es la piedra angular de nuestra sociedad y determina nuestra posición en el colectivo.
Así que ahí tienen una explicación posible y plausible. No queremos los últimos de la manada, no queremos que nos humillen y otro se posicione por encima, lo cual constituye un instinto animal.
Seguimos haciéndolo cada vez que se presenta la ocasión, aunque no nos juguemos nada, porque está en nuestra inconsciencia desde siempre. Como un gato que tiene todas las necesidades cubiertas, está bien alimentado, es querido y, aun así, conserva el instinto cazador y se altera cuando ve un pájaro en la ventana. Conservamos aún nuestro instinto de primates, la inclinación de posicionarnos del grupo.
EL DIÁLOGO, UNA CARRETERA CON BACHES INESPERADOS.
Y la segunda clave para entender por qué nos polarizamos es lo ya indicado sobre la falta de confianza en un debate a calzón quitado, honesto y sin estrategias manipuladoras por parte del adversario. Una utopía. Porque muchas veces, incluso cuando el adversario tiene buena voluntad y está dispuesto a conversar en igualdad de condiciones, (y nosotros también estamos preparados para lo que venga), aun así es imposible. Ese adversario tampoco está dispuesto a ser vencido y tarde o temprano él, (y también nosotros), utilizaremos, sin darnos cuenta, para vencer, alguna que otra estrategia de manipulación. Porque estamos convencidos de nuestros argumentos. Sacaremos a la palestra falacias. Sin darnos cuenta, repito.
NO TENER RAZÓN ES SER INFERIOR.
Y son abundantes las estrategias infames que empleamos para ganar una conversación. Porque una cosa es la voluntad de conversar sin utilizar malas artes y otra cosa es que tu instinto por ganar, al que antes nos referíamos, nos invite a utilizarlas.
Nuestro cerebro nos oculta que, en realidad, eso que empleamos es una falacia. Una falacia de cualquier tipo de entre las “indetectables”. Una falacia de “tono razonable”, una de “presuposición incrustada”, otra de “detalle irrelevante”, otra de “equivalencia emocional”…
estás y otras son falacias conversacionales que se usan habitualmente, pero que se nos escapan en un dialogo.
Nuestro propio cerebro nos sabotea para utilizarlas y las dejamos pasar por argumentos legítimos. Pero no lo son. Son falacias que, en principio y en teoría repudiamos, pero que al final salen sin querer y las justificamos cuando les utilizamos nosotros.
O bien es el adversario quien, saboteado por su propio cerebro, las utiliza sin pretenderlo.
TARDE O TEMPRANO, CAMBIAMOS DE ESTRATEGIA.
Tarde o temprano, debido a la fragilidad con que las conversaciones se llevan a cabo, todos los diálogos, todas las puestas en común de ideas contrarias van a parar a lo mismo, al enfrentamiento. Porque sin darnos cuenta y pese a tener todos buena voluntad, la conversación deriva siempre, a veces de modo descarado, otras de modo sutil pero incrementando sus maniobras, en oratoria. Oratoria, gestos, falacias, medias verdades con la única pretensión de ganar la disputa. Y ahí al insulto, a la descalificación y al grito hay solo un paso.
O DIRECTAMENTE, VAMOS A ELLO.
Un paso que ni siquiera se da cuando la conversación fracasa. Directamente elegimos la falacia sin intentar conversar escuchando, que es como se conversa. Nos pueden estafar. Nos pueden engañar. La ironía o el grito sin intentar razonar siquiera son más comunes que el diálogo.
El cerebro es vago y sabe que es más trabajoso e infructífero el diálogo. Además, no se produce esa dopamina tan gratificante ni satisfacción alguna si decides razonar con nobleza. Antes, evitamos las conversaciones, sean o no inteligentes y elevadas. Evitamos hablar con el otro en primera instancia.
Ni siquiera iniciamos conversaciones sin falacias ni intentamos solucionar el planteamiento teórico con un diálogo sereno. De algún modo sabemos, ya de antemano, que el diálogo fracasará, que nos humillarán con estrategias.
Por eso, o bien nos polarizamos y mentimos, porque esas son las reglas del juego, si tenemos energía para indignarnos, o nos callamos evitando el debate para conservar nuestra opinión sin contrastarla si no tenemos energía que gastar, si gritar nos agota, o percibimos que no nos va valar la pena.
TENER RAZÓN ES POSICIONARNOS.
El caso es que no queremos ser humillados. Sabemos que el diálogo es inútil. Esas son las dos claves de la polarización, lo que se produce en nuestro cerebro. Intentamos vencer a la fuerza con toda la dialéctica agresiva de la que somos capaces o bien guardamos silencio para no ser atropellados, pero nunca conversamos noblemente. Porque imaginamos que, quien nos convence de algo nuevo, lo hace con intención maligna y que lo ha hecho utilizando estrategias que nosotros no hemos detectado. Hemos sido estafados y ante tal perspectiva, no admitimos ni una sola observación que contradiga nuestra fe, por razonable que la veamos. Y reafirmamos nuestro sesgo de confirmación en lo que estamos más que seguros y que defendemos a capa y espada.
Porque, de otro modo, si cambiamos de opinión seremos unos ingenuos engañados y estafados, sin que nos demos cuenta.
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