ENSAYO SOBRE LA LUCIDEZ, José Saramago

Moises de las Heras

09/07/2016

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Más allá de su calidad literaria, José Saramago se ha erigido como una de las grandes conciencias sociales de la época, que denuncia y señala en su literatura los males del capitalismo, el consumo y la injusticia del sistema. Es un icono de esa reivindicación y, es de imaginar, por tanto, que afrontar una de sus novelas también ha de convertirse en un viaje hacia la reflexión, la denuncia y el contrapunto moral.

Ensayo sobre la lucidez nos promete tal reflexión acerca del estado democrático, plantea la rebelión de un pueblo entero, de una ciudad, (Lisboa), con alguna referencia toponímica concreta a Portugal y un entorno enigmático donde se desarrolla la acción.

La historia cuenta cómo,
en unas supuestas elecciones municipales se produce un ochenta y tres por ciento de voto en blanco frente a un veinte por ciento de votos a otros partidos. Esta masiva y abrumadora opción hace pensar al lector que, al tratarse del autor que es, nos sorprenderá con una auténtica reivindicación de lo moralmente correcto. Esperamos que Saramago construya un inteligente mosaico de anécdotas al modo de Rebelión en la Granja, donde denuncie de forma avispada y matizada los desmanes, corruptelas, imperfecciones y desaguisados de un sistema democrático desviado. Saramago plantea un gran problema, valiente y atrevido y el lector se pregunta si será el Premio Nobel capaz de salir ileso del reto. La propuesta exige, por tanto, una reflexión profunda y apolítica, previa a la redacción. Se va a poner en solfa al sistema una vez más, de forma incisiva, (porque todo lo que se anuncia crítico, por definición es incisivo, acertado e ingenioso y, si no, no vale) Va a emprenderse una descripción amplia y se tratará desde diversos puntos de vista la causa. Eso al menos quiere uno, ante la portada del libro y antes de leer la primera página. Saramago nos engatusa en el título con una promesa parecida. Atrevimiento, sin pelos en la lengua, argumentaciones complejas, variopintas en búsqueda de la verdad. Ansiamos que tras un diálogo entre personajes y una narración sustanciosa, ardua, densa, suficiente, acabemos llenándonos.

Y el inicio no puede ser más alentador. Se pinta un colegio electoral al que no acuden los electores, (algo así como un paraíso ideal soñado por Pablo Iglesias) y uno se pregunta si no habrá confundido Saramago el voto en blanco con la abstención, pero en fin, el caso es la denuncia. Este error de bulto con apariencia de redacción rápida lo perdonamos y avanzamos, tironeados por las riendas de la ilusión.

Lo hacemos de la mano de una serie de personajes antiheroicos, pequeños y plásticamente perfilados que animan el relato. Pero pronto sobrevienen una serie de discursos de los distintos ministros del enigmático país como una cascada de palabrería donde dichos gobernantes deciden qué hacer dada la situación, sin que la novela avance. La conclusión es demasiado simplista: establecen el estado de sitio en el país y abandonan a su suerte a la ciudadanía, sumida en el desgobierno, para demostrarles, como castigo, que no se puede vivir en la anarquía. La ausencia de policía provocará más crímenes, los criminales no podrán ser detenidos, no habrá cárceles ni carceleros y a su vez no habrá abastecimiento suficiente. Más allá de emprender un debate interno multifocalizado y complejo acerca de los distintos aspectos morales de la democracia, Saramago nos sume en una política ficción acerca de la viabilidad de una anarquía. Mediante la habitual y acostumbrada técnica de utilizar mayúsculas tras las comas que separan a los dialogantes, (seña de identidad que siempre me ha parecido demasiado epatante y simplista), el autor plantea el debate entre los ministros mezclando conversaciones y dejando al lector el trabajo, realmente entretenido, de adivinar quien está hablando, e incluso elude las interrogaciones para que nosotros averigüemos qué frase se ha dicho, con qué tono y le pongamos la intención. Sin embargo, este juego no se ve correspondido con un transfondo de enjundia, no va más allá de la mera diversión formal. Hay una evolución del debate ministerial confrontando diversos puntos de vista acerca de la eficacia de las decisiones, pero no contiene ningún pensamiento de peso. No se analiza en sí mismo el por qué la gente ha votado en blanco salvo decir que son unos rebeldes o que hay una mano que los ha movido o especular sobre un movimiento espontáneo. El autor elude la problemática de fondo, no da voz a personajes de distinta índole que pudieran confrontar ideas y provocar el debate en el lector. Los consejos ministeriales se limitan a decidir cuales son las opciones superficiales más adecuadas que, aunque formalmente son interesantes, en el fondo son sumamente estériles y, pese a su extensión, no aportan mayores ideas. El lector no encuentra en la novela lo que realmente le gustaría encontrarse, (al menos con esa intención abrió el libro). No encuentra un debate político, análisis contradictorio, aunque literario, o ideas matizadas, profundas acerca de inmoralidades e imperfecciones políticas. La novela se limita a plantear un proceloso toma y daca, a veces humorístico, la mayor parte de las veces simplemente simpático, que más correspondería a una novela de trama política internacional de best seller o a un juego sin sustancia de novela humorística tipo Mendoza, que a una verdadera reflexión filosófica o sociológica. El humor que imprime Saramago a las distintas conversaciones carece de ironía y mala leche. Es como si el proyecto le desbordara, como si careciera de ingenio para darle cuerda o un mejor cauce, más abundante y rico. Ha de renunciar al proyecto y así él mismo lo reconoce, y se da cuenta de que la historia no puede estirarse más.

Hacia la mitad de la novela todas las posibilidades del estado de sitio, la huída del gobierno a otra ciudad, el abandono a su suerte del pueblo debería entrar en terrenos más profusos para hallar una salida. Saramago, justo en el ecuador, se da cuenta de que no sabe seguir por ahí y en lugar de afrontar con decisión una solución más compleja o al menos plantear más preguntas o acaso alguna (porque hasta ahora no ha planteado ninguna) se saca de la manga a un comisario y a una supuesta terrorista y cambia gratuitamente el rumbo a la novela. El mismo lo dice en algún momento en su obra. En algún momento lo confiesa, en algún momento el autor portugués advierte la existencia de un lector inteligente y exigente que está quedando insatisfecho, advierte los defectos de su propia novela, que se ha internado en territorios lingüísticos, un proceloso camino formal que nada contiene y está privando de los modelos tradicionales, convencionales al lector más común, más cotidiano, el que compra sus novelas, el consumidor ordinario del sistema capitalista que sufre, critica y a la vez disfruta con dicho sistema, esos modelos exigibles en el siglo XX como son el moderno héroe antiheróico, la planificación de un lugar descrito con ánimo, plasticidad, viveza, el desarrollo de una acción con imágenes mentales que ayuden… los habituales trucos de la literatura más comercial… Saramago se da cuenta de que no puede vivir solamente de su fama de premio Nobel, del prestigio adquirido y de su categoría moral como conciencia social moderna y busca la calidad en aspectos formales que, en sí mismos, son exquisitos. Es un gran escritor. Formalmente tiene unos hallazgos verbales impresionantes. Calibra, calcula, mide y además es capaz de extraer del lenguaje más cotidiano los aspectos más chocantes, más significativos, más vivos, más extravagantes así como los más cálidos, dando giros y alternando respuestas cortas con largas de una manera bastante eficaz pero sigue perdiendo el pie respecto a lo que de asunto moral tiene la novela, o debería tener o haber tenido. Aprecia Saramago que la presencia de un antihéroe en este punto puede relanzar nuevamente una historia agotada. Él mismo reflexiona en su propia obra sobre esta necesidad y crea a ese personaje que la levante. Su humor no llega a ironía, acaso socarronería cuando propone los pseudónimos de albatros y papagayo marino para referirse al ministro del interior o al comisario antihéroe y la emprende con una serie de correrías físicas donde vemos al comisario levantarse de la cama, tomar el café, comprar periódicos, subir y bajar escaleras, llamar timbres, abrir puertas, entrevistar testigos, visitar parques o conducir automóviles en un profuso y entretenido cúmulo de acciones, paralelo de la profusa y entretenida palabrería entre gobernantes de episodios anteriores, pero que nada aportan al fondo moral que seguimos buscando y sin encontrar.

Decepciona una novela que iba a sodomizar al sistema hasta dejarlo en cueros vivos. Seguimos con el problema sin resolver, con la herida abierta. Saramago es (o debería ser) el escritor de referencia de la conciencia europea, por eso se le dio el Nobel y ha malgastado esta novela, (también otras), para demostrarlo. El lector comprometido finalmente se pregunta qué narices está leyendo. Habría que justificar esta abdicación tal vez debido a su psicología, su edad o al miedo, tal vez interesado, que le asalta cuando por un lado busca elementos formales comerciales y por otro debe mantener su estatua de conciencia moral. O simplemente a su provecta pereza, muy comprensible.

Convierte el argumento en una novela innecesariamente policíaca, desaprovecha la oportunidad de responder a su prestigio. Es claro que haber convertido la novela en un simple discurso político hubiera sido un error panfletista, pero ahí está Orwell para demostrar que puede hacerse.

El voto en blanco, el castigo a la sociedad debería haber dado inicio a muchos discursos o consecuencias argumentales más inteligentes que nos hicieran ver la luz. Podría haber sostenido, estructurado y construido sobre una sólida base literaria y una narrativa sólida todo este transfondo y agotar todas las posibilidades. Al contrario, se dedica a jugar retardando un momento moral que no llega y luego se limita a dirigirse a otro destino, policíaco, insuficiente.

Las aportaciones intelectuales, sin embargo, existen, pero son muy gruesas, bastas y muy escasas. La idea de que los gobernantes democráticos se conviertan en un ente tiránico que actúa como una maquinaria sin individualidad, capaz de transformar a un inocente en culpable y posteriormente en víctima, la reflexión de que la democracia amenazada deviene en tiranía, con su falsa tolerancia, su mentiroso juego electoral, no es mostrado con la suficiente mala baba. Carece de matices inteligentes, al limitarse a una gruesa acusación que bien podemos encontrar en cualquier película o novela americana de best seller tipo John Grisham, donde no se suele tocar el problema más que en la superficie y con tópicos consabidos, sin vueltas de tuerca interesantes. Las actitudes de los partidos y de la masa gobernante, lejos de venir enriquecidas por distintos aspectos psicológicos, sociales, sociológicos y cargados de intereses creados o intereses contrapuestos, simplemente son gruesas acusaciones contra un malvado enigmático, el ministro del interior que representa a este ente.

La segunda parte la dirige un graciosete que no llega a la categoría de personaje realmente interesante y con suficientes aristas y matices.

Para finalizar, dos referencias que no sé si son casuales o son un intencionado guiño a la política española de la que Saramago, como buen portugués, es deudor. Por un lado, aquella bomba en el metro que se supone catalizadora de decisiones de la alta jerarquía del país, contiene resonancias claras al 11-M. El hecho de que esta novela se publicara en dos mil cuatro nos hace dudar de si este capítulo se puso o se añadió antes de la publicación a toda prisa o si fue una premonición de Saramago. Sea como fuere, esta bomba, así como otros acontecimientos, no constituyen un aporte enriquecedor ni hace avanzar el discurso que, para buenas cuentas, prácticamente no existe

Hay referencias a la mentira, a la ocultación de la verdad que también hacen recordar distintos episodios de la política española de aquellos años. Pese a ello, sigue siendo una crítica de gran pincelada para mentes simples, y valores propios de reinas de la belleza. La falta de escrúpulos de los gobernantes no son argumentos ni crítica suficiente para un lector exigente y empachado de tópicos, que ha escuchado estos lugares comunes miles de veces, lanzados sin debate interno alguno, simplemente como resultado final de un debate que no ha existido antes o que, si ha existido, no se ha dado al público en su plenitud, con todos sus detalles. Es una novela de crítica para convencidos donde las explicaciones sobran, las conclusiones bastan y se aplauden sin argumentación ni contraste, como consabido previo, como innecesario… o bien se eluden por elementales. Habría que haber preguntado a Saramago qué ha pretendido en esta formalmente atractiva novela, ¿hablarle a sus seguidores ideológicos convencidos? Torpe meta. ¿Acaso la novela oculta sutiles críticas que yo no he sabido ver? Probablemente, pero no, perdónenme, yo no las veo. ¿A qué tiene miedo cuando se conforma con dibujar a unos políticos de cartón piedra, cuando elude plantear situaciones incómodas que nos pongan intelectualmente a prueba? ¿Es incapacidad? Ni siquiera se sitúa en una posición claramente de izquierdas para acusar. No rezuma la novela esa rabia necesaria que plasma una injusticia donde el lector se duela, note el vínculo, la lucha de clases. ¿Acaso el autor considera que la lucha de clases ha superado sus límites primigenios de ricos y pobres y hemos accedido a una sociedad globalizada donde la injusticia tiene otros rostros y adquiere otros matices?

Podía haber emprendido esta idea, esta crítica social, económica o ideológica subrayando estos cambios, dichos defectos en esta nueva sociedad del siglo XXI, pero con la fuerza y agresividad de un revolucionario del XVIII. Falta ambición, faltan vísceras, el humor es blando, no escarba con el cuchillo. No hay un escritor de pulso firme detrás, sólo un narrador politólogo bien acomodado. Se limita a eludir el papel del pdi, partido de la izquierda, dentro de esta ausencia de debate de la novela y a señalar algunos defectos, más que nada verbales, del pdd, partido de la derecha, y el pdm, partido de en medio y ciertas reacciones reaccionarias de los dirigentes de estos partidos connaturales a su ideología, pero si prolongar estas reacciones en consecuencias reales. Las dibuja como chiste, como viñetas. Se limita a señalarnos un conjunto de tópicos muy diluidos, muy difuminados, con unos alardes verbales donde Saramago, tal vez cómodo ya en su butaca, se permite la complacencia.

Valoración: 4 sobre 10.

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