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Una persona me recomendó este clásico, La calumnia, de William Wyler, interpretado por Audrey Hepburn y Shirley MacLaine, con James de coprotagonista. De inmediato, esa misma noche, lo vi en una determinada plataforma, más intrigado por el consejo que por el clásico.
Me sorprende que día toparme con esa minoría de aficionados a los clásicos, y más en blanco y negro, como es el caso. Un clásico en blanco y negro en apariencia sencillo pero que guarda muchos resortes, tanto del modo de entender en su época determinados temas, como el aspecto histórico del filme, detalles que delatan la calidad artística del propio director. Vamos con ello porque no tiene desperdicio.
ASPECTO HISTÓRICO DE «LA CALUMNIA».
Denominó «aspecto histórico» de «La Calumnia» al modo de concebir el tema del lesbianismo. El tema del lesbianismo no es un problema y la sociedad, en términos generales, lo asume hoy día con naturalidad. Pero en aquellos tiempos era un drama. Y más en América y en una sociedad cerrada. A las lesbianas y a los homosexuales se les destrozaba la vida. Y En esto se centra la película.
AUN ASÍ, VIGENCIA.
Aun así, la estigmatización y la discriminación, con mayor o menor crueldad se da también hoy día y la película adquiere cierta vigencia vista desde esta perspectiva. No hay más que pensar en la actualidad y en aquellos que se atreven a sacar los pies del tiesto común. Solo hay que ver cómo la sociedad reacciona.
Acaso será hoy día más elegante, Porque se discrimina con vergüenza y en secreto, sobre todo en nuestra sociedad occidental, pero se sigue padeciendo los mismos resabios que aparecen en «La Calumnia». A ciertos colectivos se les hace el vacío, se les aísla, se les trata como «el diferente» y se les otorga, de facto, menos derechos. Con mayor elegancia a veces, pero sigue ocurriendo.
Y no se centran en las víctimas clásicas solamente. Amplían la perspectiva y verán que hay otros discriminados que no pueden manifestar su opinión. Y sigue ocurriendo en otros países menos permisivos.
EL DRAMA.
Es este tema, tan sensible en aquella década de los 60, lo que anima a la guionista y escritora Lilian Herman y de igual modo a William Wylder a afrontar el guion desde un punto de vista dramático, donde los personajes sufren de lo de lo lindo.
El director se revela como un director cinematográfico que tiende a lo teatral. Recursos teatrales en un drama intimista de diálogos y sobreentendidos, así como de gestos, de expresiones, en una actuación teatralizada que convierte, en cierto modo, a los actores en personajes falsos y sobreexpuestos. No se ha llegado en «La calumnia» al punto de contención actual que pide el género del cine y también el teatral. Toda el legado es teatral. Pero, aunque sea teatral, conserva cierto encanto en dicha imperfección e inadaptación al celuloide.
WILLIAM WYLER, UN DIRECTOR INTELIGENTE.
Pero William Wyler, Como director de cine, pone su mano y nos ofrece ciertos detalles donde apreciamos su inteligencia y creatividad. Los detalles son los siguientes.
ESCENAS ELIDIDAS.
Lo primero que se aprecia es el ritmo, que Wyler consigue con escenas omitidas. Es decir, escenas que considera innecesarias, mostrándonos tan solo aquellas que constituyen el cogollito de la historia. Las escenas que hacen avanzar la historia. Así, pasamos del momento de la introducción, donde todo es normal, al momento en que los padres sacan a las niñas de la escuela. De aquí, al momento en que la escuela está vacía y ellas en la ruina. Al momento en que ellas no pueden salir de casa. Y así, elidiendo los espacios intermedios, se produce el ritmo, convirtiendo cada secuencia en un punto de giro interesante que hace avanzar la historia.
GESTOS SUGERIDOS.
El lesbianismo es un tema tabú que, sin embargo, aparece a la mitad de la historia con claridad, aunque sin nombrarlo. En los primeros compases de la historia, se evita abordarlo. Pero se intuye. El espectador ya tiene una idea, tanto del tema como de la posición de los personajes respecto al mismo.
Sabemos que Audrey Hepburn no es lesbiana, por sus gestos amorosos hacia James Cangney. Sabemos que Shirley MacLaine lo es, por sus gestos y sutiles referencias al aprecio que tiene a Audrey Hepburn.
JAMES CAGNEY EN «LA CALUMNIA», DE WILLIAM WYLER.
Sabemos que James Cagney es ajeno al problema y, por rasgos sutiles en su actuación, sospechamos que no se ve venir la tostada. Y también sospechamos, porque la sutileza del guion y de la mano de William Wyler nos lo indica, que en el caso de que surja un conflicto (como sucederá) él será la primera víctima de una sociedad que le somete. Intuimos su debilidad, que será el origen de su miedo a disentir, para no perder la tranquilidad dentro de su estatus ordinario ante asuntos que no le competen.
JAMES CAGNEY, UN PERSONAJE CON MUCHOS VÉRTICES.
Todo esto podemos deducir en James Cagney. Porque James Cagney es de esos personajes que pueden pasar desapercibidos ante la contundencia de Shirley MacLaine como lesbiana, o de Audrey Heprburn como heterosexual. Son personajes claros, su arco es lineal. Muy definidos. Pero James Cagney está menos definido. En su perfil muestra una inestabilidad ya incluso antes de que surja el problema. Una debilidad e inconsciencia que se muestra en su manera alegre de vivir con normalidad, en los primeros compases de la cinta. Muestra en su gesto y su actitud, una despreocupación. Porque nada ocurre y está bien que sea así, piensa tal vez. Pero intuimos un miedo al entorno, pese a sus buenas intenciones. Todo un festival en la psicología de James Cagney que puede disfrutarse.
SUTILEZAS: EL ANILLO EN «LA CALUMNIA».
Muchas sutilezas se pueden advertir en «La calumnia» de William Wyler. No recordare todas, probablemente, pero me quiero referir a una concreta que es el momento en que Shirley MacLaine toca la mano de Audrey Hepburn y descubre algo en ella. Se sorprende, porque tal descubrimiento es una revelación. Algo le ha ocurrido a Audrey Hepburn y que ella ve en su mano. No sabemos que es, pero nos hemos dado cuenta del roce en los dedos y de la sorpresa.
Deducimos que ha roto su compromiso con James Cagney. Y deducimos más. Deducimos que, o bien ella, o bien él, ha sido quien ha roto el compromiso y que la ruptura se produce por el aislamiento y el desprecio social a que están sometidos, a esas alturas de la narración. Vemos la psicología de James Cagney y también la fuerza de Audrey Hepburn en ese gesto tan simple.
DUELO PSICOLÓGICO: AUDREY HEPBRUN Y JAMES CAGNEY.
El gesto de ver que en la mano no hay anillo nos dice que Audrey Hepburn ha sido quien ha roto el compromiso para asumir la herida que le ha causado el ser expuesta como lesbiana ante la sociedad. Es ella quien toma la iniciativa, el personaje más fuerte de los dos. Asume el injusto castigo y, en consecuencia, rompe el compromiso con su amado para no causarle daño.
Vemos también que James Cagney no es lo suficientemente fuerte como para soportar el envite. Es generoso, dice ser valiente y mantener sus intenciones de boda, pero Audrey Hepburn es más realista, intuye que no aguantará el envite y asume la debilidad del hombre. Debilidad que mostró antes, ante el panorama de ser padre y adquirir responsabilidades. Y, por amor, la Hepburn actúa en consecuencia.
Más adelante confirmaremos que ha sido así, en una conversación explicita de separación de Audrey Hepburn y James Cagney. Un festival de motivaciones y dudas.
El espectador ya tiene las claves en esa sugerencia inicial tan solo con el gesto de una mano sin anillo que descubre Shirley Maclean, que se horroriza.
DETALLES DE LA PUESTA EN ESCENA. LOS SILENCIOS.
Detalles jugosos de la puesta en escena que estremecen, como son los silencios en aquellos momentos en que un padre saca a su hija del colegio, conversa con Audrey Hepburn y le dice cuáles son los motivos. La conversación no se oye. Se da tras una vidriera, tras una puerta cerrada. Hay un silencio total en ese momento. Es el tema del lesbianismo «no se habla». Los silencios físicos en la cinta lo encubren.
El lesbianismo también el tema que surge cuando la niña le habla en la oreja en confidencia a la abuela mientras van en el coche. No se oye lo que dicen. También aquí se produce un silencio. Solo está el espanto de la abuela.
Silencios provocados, bien por una puerta de cristal, o bien mediante esa confidencia a la oreja de la abuela, que también se produce en el silencio.
El silencio como efecto formal y como símbolo de un tema polémico en aquella sociedad.
LOS GESTOS.
De igual modo, quiero referirme a los gestos teatrales, detenidos en el tiempo, tratados con lentitud y delicadeza para un espectador que goza de la expectación tranquila, sin prisas, en una película rítmica, pero que a veces se detiene para dejarnos mirar, contemplar, observar, reflexionar. Los gestos matizados de todos los personajes, principalmente de la niña Mary (Karen Balkin) y su maldad.
El gesto de la abuela mientras va en el coche es un alarde de interpretación, porque William Wyler y la puesta en escena se lo permiten. De igual modo, los gestos dudosos de James Cagney. Todos los actores están en su papel y sus interpretaciones son excelentes. Es una película para verla con tranquilidad y con todas las antenas encendidas, para localizar todos estos matices y aspectos.
UNA HETEROSEXUAL CON DUDAS.
El siguiente aspecto me lo hizo ver la persona que me recomendó la película. Y es que, por un lado, Audrey Hepburn se muestra tolerante. Porque, pese a manifestar qué es heterosexual frente a su amiga lesbiana, aun así, le invita a huir y a vivir juntas. Gesto que identificamos como «de tolerancia». Sin embargo, ¡atentos al cambio de vida que la propia Audrey Hepburn propone para ella y para su amiga! Renunciar a su matrimonio con un hombre y vivir con una mujer lesbiana.
En un largo silencio, durante una caminata a las afueras del colegio (Paralelismo con otra caminata de Shirley MacLaine, previa al encuentro de James Cagney con Audrey Hepburn en el coche) Audrey Hepburn va pensando y nos invita, durante ese largo trayecto, a que nosotros también reflexionemos en lo que ha ocurrido. Y lo que ha ocurrido es, quizá, que Audrey Hepburn se está planteando su nueva situación y también sus nuevos sentimientos. Quizá esté descubriendo, en ese preciso momento, en tiempo real, ante la pantalla y solo con gestos, que no es tan heterosexual como ella creía.
La reacción de regresar corriendo de nuevo al encuentro con Shirley MacLaine es una revelación al final de la caminata. La cinta nos cuenta, sin decirlo, solo con sugerencias, que regresa para confesarla sus sentimientos hasta ahora reprimidos por el inconsciente.
EL ORGULLO FINAL.
En un gesto teatral y una composición efectista donde la sociedad vencedora aparece como villana y moralmente derrotada y Audrey Hepburn como heroína que vence moralmente pese a haber sido derrotada, (justo al revés), la vemos saliendo del cementerio con la cabeza alta y sin mirar a nadie. Reminiscencias teatrales, una vez más.
CONCLUSIÓN.
Una gran película, quizá trasnochada por su forma de afrontar una temática que ya ha quedado obsoleta como problema social, pero que, aun así, conserva valores eternos que también pueden apreciarse hoy, como si fuera el primer día que se rodó.







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