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EL SECUESTRO DE LA BANKERA, de Darío Fo

(Actuación 24 de abril de 2015 en Mérida, Sala Trajano)

SURIPANTA TEATRO

Gira por Extremadura esta obra de teatro que lleva en su titulo la promesa de una buena somanta de palos al mundo de los bancos y la crisis económica. Suelo empeñarme en que toda obra debe concertar en título y producto. Pero ocurre a menudo que cuando se abre el libro o se alza el telón, lo prometido no es deuda. A veces, lo que vemos o leemos es de igual o mayor calidad, pero es otra cosa. A veces, el cambio merece la pena, pero nadie nos salva del engaño.

Es cierto que uno no debe ser tan estricto en este sentido, pero si se promete algo en un titulo es bueno que se cumpla, porque puede que haya gente que se decepcione. “El secuestro de la bankera” promete una buena catarsis que al final no ocurre. Es como entrar en una pastelería y que te vendan un queso. Por bueno que esté, querías pasteles.

Pero este producto es bueno, ya digo. Como suele ser habitual, Fo nos ofrece un espectáculo ridículo de cosas extravagantes que suceden a nuestra vista con ferocidad.

La obra plantea el secuestro de una banquera mientras disfruta en su picadero de su último ligue. Aparecen unos secuestradores torpes y esperpénticos que piden diez millones y, a partir de aquí, se sucede toda una serie de escenas donde los personajes juegan con mascaras que se ponen y quitan, hay una entrada aparatosa de fingidos bomberos, humo, tiros, discusiones sobre si la banquera es ella o su secretaria, escenas de sexo farsesco y despendolado y todo un griterío, como suele ser habitual en Fo, de pirotecnia brillante. Y sucede la mascarada habitual que este autor monta alrededor de un problema, el que sea, pero que nunca toca a fondo, nunca como fondo filosófico o analítico, político, ni siquiera catártico, sino que Fo se limita a bailar alrededor del fuego encendido del tema usando a los personajes como indios incomprensibles que se mofan. Entendemos pronto que Fo no nos va a alegrar la conciencia con un chupito de aceite de ricino que le llegue a la médula al sistema financiero, sino que se va a limitar a su destrucción iconoclasta, sin mala intención. Los banqueros no saldrán dañados, sólo ridiculizados, no sabemos si por incapacidad, por animo de no ser demasiado sangrante o porque más que un político o un denunciador, Fo es un actor y un payaso que escribe. Pasa de la crítica y no transgrede esa línea que convierte lo puramente teatral y farsesco en teatro de denuncia. Su burla es elemental, llena de tópicos: político malo y corrupto, ay, ay, pero ningún navajazo toca ninguna arteria vital. Lo político es mera excusa para su parafernalia. Le interesa más sacar a una vieja vestida de caqui con cartuchos y escopeta, realizando un exorcismo, o a un cura con peluca naranja soltando tacos.

De pronto, un personaje de carácter, el conocido payaso tonto, es electrocutado y aparece ese prototipo tan querido por Fo que es el minusválido, el tarado, el meningítico, el hombre mecánico. Amante Fo del teatro físico donde el actor puede lucirse con gesticulaciones sobreactuadas, al estilo de Jerry Lewis o de Jim Carrey, la obra detiene su argumento para recrearse en el absurdo más puro. Nos entretenemos sin más en ver como el actor recibe descargas, sin que el argumento avance, sin que el tema financiero se analice, sin otra intención que el simple regocijo visual de la interpretación. Y esto ocurre en muchas otras escenas. Así es Fo y al que no le gusta que no le compre.

Cuando uno va a ver a Fo va a ver esto y, sin embargo, aunque no es mi teatro preferido, una vez aceptado, como sumiso espectador que uno es, uno goza. Me gusta más que me hagan pensar y acabar con la cabeza caliente, pero en fin, también esto es agradable. Con Fo sales con la cabeza fría y los ánimos, los músculos y los pies ardiendo.

En lo que se refiere a esta puesta en escena y a los actores, como instrumentos del texto, como fieles ejecutores de carne y hueso, Suripanta lo lleva a término con gran calidad y vistosidad. El texto se ha españolizado con precisión, se han incorporado gags humorísticos, si es que no los llevaba ya el texto de por sí, eficaces, clásicos, conocidos tanto del splastic (tortas, bofetones, caídas y otros) como de voz, efectos sonoros y coreográficos. Se aprovechan con eficacia los gestos de uno de los actores que, cuando le insultan, pierde el control y detiene la obra para hacer alarde de una gestualidad verdaderamente atractiva. El cabreo que se pilla es descacharrante y se disfruta de uno de los mejores efectos que tiene la obra.

Una obra que se disfruta, ya digo, aunque uno no sea fanático, ni siquiera admirador de Fo. Darío Fo se encuadra en una forma de hacer teatro o arte de sensibilidad gruesa, sin ordinarieces, pero rozándola. No desprecio este tipo de humor de sal gorda, de bajos niveles de sensibilidad, humor no inteligente, descontrolado y farsesco, pero no es mi preferido, aunque en ocasiones festivas me entretenga.

Enhorabuena a los actores de Suripanta, a su puesta en escena, a su cadencia moderna, rítmica y dinámica, que convierte la obra en algo lúdico y jovial, necesario para este tipo de obra, con una dicción rápida y réplicas inmediatas y clara. Esas intervenciones sin pausas, continuas, conforman en un trabajazo impresionante, con muchas horas de ensayo a cuestas, con una gran capacidad, gran técnica, profesionalidad a rabiar y una coordinación envidiable. Un enorme trabajo que se ajusta con toda fidelidad a lo que Darío Fo suele exigir de sus actores.

Salgo compensado, aunque sabía que no le iban a sacar las entrañas a Rajoy, ni a Rodrigo Rato, ni a la Merkel. Fo prefiere meter a un hombre electrocutado en un frigorífico y pegarle portazos en la cara, sin que esto nada tenga que ver con los bancos; y aun así he salido agradecido por la fiesta. Sigue faltando sobre nuestros escenarios un sacrificio, una hecatombe, un degollamiento del cordero de la crisis y poner a estos corruptos sobre la tabla de sacrificio de Isaac para sacarles la sangre. Sigue faltando eso, Darío Fo nunca nos lo va a dar. Fo se va a limitar en atar al banquero y a clavarle astillitas indoloras y superficiales, pero me he entretenido.

Valoración 6,5 sobre 10 (teniendo en cuenta que no soy un fanático de Fo, insisto insistentemente)

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