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EDIPO, al modo de una lectura dramatizada

(Representación en el Teatro Romano de Mérida, 16 de julio de 2015)
La cosa es como sigue. Aparecen cinco actores en escena, vestidos de calle y se sientan ante una mesa con vasos de agua delante al modo de una rueda de prensa o presentación de un evento. No hay nada más salvo esa mesa y los actores sentados. De este modo, se reduce todo al mínimo. Se reduce lo teatral para jugar con un minimalismo escénico radical llevado a sus últimas consecuencias. El hecho de que un grupo de teatro se arriesgue con este planteamiento, es merecedor del más absoluto respeto a la par que causa la más absoluta de las incertidumbres. Porque esta propuesta de Edipo se arriesga, y mucho. Se arriesga tanto que, por un lado, despierta en nosotros una suerte de angustia ante el más que probable fracaso y por otro provoca la referida admiración, no exenta de cierto regusto a pretenciosidad.
“Teatro de la ciudad” nos reta a cambiar el chip respecto a lo que habitualmente conocemos como “obra de teatro”.

Desatendiendo conscientemente los habituales recursos de movilidad escénica, diversidad visual y relación entre personajes, nos plantea algo más cercano a otro género como la lectura dramatizada. Para quienes ignorábamos que se trataba de eso, alerta y sorprende que vayan pasando los minutos y sigan sin levantarse de esas sillas, como en una conferencia.

Tardamos en asumir el hecho de que nos hallamos ante algo distinto. No es una obra de teatro convencional, incluso no convencional. Y, como toda propuesta que se la juega, da lugar a polémica, a puntos de vista enfrentados, incluso contradictorios, y a todo tipo de opiniones. Se intuye que se hace esto porque se pretende destacar lo textual frente a la distracción de lo visual. En consecuencia, se le resta la mayor visualidad posible y la actuación refuerza el texto, no lo entretiene ni lo distrae con recursos escénicos, ni siquiera lo completa, tan sólo lo refuerza. La obra apuesta por que nos fijemos en la letra, a través de una interpretación de bustos parlantes dónde la compañía se ata a sí misma una mano a la espalda para demostrar sus capacidades y su enorme trabajo. El juicio que cabe ante esta opción puede ser tanto negativo como positivo, y de algún modo ambos razonamientos tienen parte de razón. Con la misma fuerza puede argumentarse que la obra fracasa en su aventura, como que acierta. Aquí caben otras cuestiones que tienen que ver con el modo de concebir el teatro como entretenimiento o como cultura.

Cuestiones sobre si un escenario tan monumental como el Teatro Romano debe desaprovecharse para presentar algo qué bien pudiera tener mejor entorno en un centro cultural o en un salón de actos de una biblioteca. Sobre si la gestión de un festival como el del Teatro Romano debe apostar por estas propuestas es algo discutible. Desde luego, en un centro cultural hubiera quedado de fábula y uno piensa que es un pecado de ser tan infiel al entorno.

Pero si consideramos que el Festival tiene un carácter cultural más que de entretenimiento, no cabe duda que, desde este punto de vista, la obra resulta, cumple su función de acercamiento del texto de Sófocles a un espectador que sea eminentemente lector, que aquí puede disfrutar del modo en que, en forma casi de audiolibro, los actores dan intención a la palabra antigua. La palabra antigua se intensifica con esta actuación tipo “lectura dramatizada”. Lectura sin lectura, claro está, porque no leen, pero el modelo es ese.
Otra cosa sería preguntarse si después de un duro trabajo de un jueves, a las once de la noche, uno tiene la cabeza como para asistir a un esforzado espectáculo que exige mucha concentración, cuando ya le invade el sueño y al día siguiente hay que trabajar.
Valoración 6

(cuidado, cuando te suscribas debes confirmar después en tu correo. Si no, no te llegarán los avisos de nuevos artículos -newsletters-) Visita mi canal de YouTube de audiolibros gratis. Moisés de las Heras Fernández

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